miércoles, 14 de julio de 2010

LA REVOLUCIÓN PSIQUIATRICA

Ya en el siglo XVIII apareció un esbozo de la psicoterapia moderna, llamado en su época “tratamiento moral”, y que alcanzaría su pleno desarrollo a partir del siglo XIX, con el nuevo enfoque de la Psiquiatría.

El gran médico Théofile Bonet pensaba que la mejor manera de tratar a los melancólicos, para desarraigar su convicción falsa y profundamente enquistada en la psiquis, era actuar sin violencia con el paciente y en sentido contrario a la tendencia que lo afectaba. Recomendaba la prudencia y la moderación. En un sentido semejante, su colega Baglivi proponía recurrir a la influencia de impresiones morales alegres, dulces o vivaces, según la naturaleza de cada caso. Distracciones como la música y la danza subieron al rango de “remedios morales” .
Algunos asilos ensayaban el método de tratar de convencer a los dementes de la inutilidad de sus convicciones. Como parte de la terapia, se consolaba a los melancólicos para que no se abandonaran a la desesperación.
A finales de la época clásica, el movimiento filantrópico que condujo a la Revolución Francesa trajo los primeros anuncios de la gran reforma psiquiátrica en los asilos mentales.
Fue entonces, a partir de la Revolución Francesa para que el mundo viera un cambio dramático en la forma de tratar a los enfermos mentales.
Su mayor exponente en esta reforma fue Philippe Pinel, autor de un cambio decisivo mientras estuvo a cargo de Bicêtre en Paris.
Sin temor ni repulsión hacia los enfermos le demostraba afecto. La fuerza y sinceridad de sus sentimientos le dieron la calma y el valor suficientes para el acto más significativo y simbólico de la reforma psiquiátrica: liberarlos de sus cadenas. Fue un hecho sin precedentes, realizado contra muchos obstáculos, pero que finalmente repercutió positivamente en el mundo entero.

Jamás los muros de un hospital habian sido testigos de una escena tan insólita. Audazmente, Pinel liberó a una cincuentena de pacientes, incluyendo una docena de locos furiosos.
Algunos llevaban encadenados más de 40 años y tenían las piernas casi completamente anquilosadas.
Dentro de la celda de un ex oficial inglés temido por todos y que había matado a un carcelero, Pinel le habló con voz tranquila y firme:
>“Si os quito los hierros y os doy la libertad para pasear por le patio, ¿me prometes ser razonable y no hacerle daño a nadie?...Gozarás de libertad si me permitís deslizar este trozo de tela en lugar de esas pesadas cadenas”.



En esa forma entró en la historia la camisa de fuerza, para reemplazar a las antiguas y crueles argollas, cadenas y correas. Dos años después Pinel puso en práctica la mismas reformas en Salpêtrière.
Puede considerarse entonces a Pinel el fundador de la Psiquiatría moderna. Llevaba anotaciones precisas del progreso de sus pacientes, guiado siempre por su idea de un tratamiento moral, no represivo.
Ejercía una severidad justa con benevolencia y basaba su influencia en la confianza y el razonamiento.
Estaba tan convencido de poder curar a los alienados con sabios consejos
y palabras de ánimo que incluso en los accesos de violencia tenía prohibidos los golpes.



Su obra: “Nosographie Philosophique” les sirvió de manual de trabajo en Psiquiatría a generaciones de estudiantes durante más de 25 años, hasta la llegada de nuevos conocimientos, nuevas teorías y el nacimiento de nuevos paradigmas en Salud Mental.


NIETZSCHE
LA MENTE ROTA: “Así habla Zaratustra” o… ¿LA LOCURA?

El verdadero Nietzsche, de carne, huesos y nervios, era muy diferente a la imagen heroica y arrogante que suelen mostrar sus representaciones en dibujos, pinturas y estatuas, con la frente alta, la mirada de halcón y el fuerte mentón bajo los grandes bigotes de guerrero celta. Esa idea de una especie de superhombre no corresponde a la realidad, sino a la leyenda.



Su aspecto físico se parecía más a un sujeto de espaldas cargadas, con sus ojos oscuros debajo de cristales muy gruesos y el paso indeciso que caracteriza a los miopes. Por su limitada visión, caminaba tanteando, como alguien que viniera saliendo de una cueva oscura. Enfermizo y huraño, probaba desconfiadamente los alimentos, temeroso de cualquier cosa que irritara sus delicados intestinos y excitara sus nervios ultrasensibles. Dejaba completamente de lado el vino, el alcohol, el café, los cigarrillos.
En el historial médico de Nietzsche no está claro si su sistema nervioso sufrió el daño irreversible de una sífilis que contrajo en su juventud. Pero filosóficamente, todo parece indicar que su camino lo llevó a su propia a su propia destrucción, hasta el punto de hacer estallar su mente en pedazos.
Definido a si mismo como “el filósofo del martillo”, fue inclaudicable en su lucha por imponer sus nuevas y revolucionarias ideas, aún a costa de su salud psíquica.

Siempre nadando contra la corriente, hasta en su manera de vivir contradijo la evolución de un hombre normal. A los 20 años era como un viejo, brillantemente erudito, profesor titular en la Universidad de Basilea. Estudioso de las culturas pasadas, disfrutaba hurgando polvorientos documentos, mientras sus compañeros de generación se divertían bebiendo cerveza y haciendo bromas estudiantiles.

A los 27 años publicó su primer libro, “El Origen de la Tragedia”, sin sacarse aún la máscara de seriedad del filósofo convencional. A los 30 años dejó su cátedra universitaria y sus deberes oficiales, para lanzarse a la vida. Bruscamente pasó de la filología a la música, de la sobriedad académica a la exaltación. A los 36 años se había convertido en un escéptico, inmoral, músico y poeta, con una mentalidad y audacia más juveniles que cuando era biológicamente más joven. Consumido por su fuego interior, los cambios se hicieron cada vez más radicales, violentos e imprevistos. Ante la mirada crítica de sus contemporáneas, era un sujeto extraño, dudoso e inclasificable, mezcla de filólogo, filósofo, psicólogo, revolucionario, literato y músico. Desde el comienzo despertó la desconfianza de los intelectuales, porque rebasaba sus límites.

Sus obras tenían un efecto repulsivo en la sociedad. Cada nuevo libro le significa perder una relación. Todos sus amigos se fueron alejando. No encontraba editores en Alemania. Nadie compraba sus obras. Cuando las regalaba impresas de su propio bolsillo, nadie las leía. Su mente se golpeaba contra un muro de silencio y aislamiento. “Esto es mucho más terrible de lo que pueda imaginarse o de lo que haga sucumbir al más fuerte, y yo no soy el más fuerte”, escribió dolorosamente.

Su cuadro clínico resulta demoledor como su filosofía. Sufría terribles dolores de cabeza que lo obligaban a estar postrado en un sofá o en la cama días enteros, espasmos estomacales con vómitos hemorrágicos, atonías intestinales, escalofríos, insomnio y sudores nocturnos. Casi ciego, los ojos le lagrimeaban y se le hinchaban al menor esfuerzo. Su cuerpo era tan sensible que incluso las variaciones climáticas le afectaban el ánimo. A un nivel más profundo, las variaciones repercutían en su psiquis. Se volvió ermitaño, neurasténico e hipocondríaco. Desconfiado de los médicos, ensayó todas las medicinas y tratamientos imaginables: dietas, masajes eléctricos, infusiones, curas hídricas. Calmaba sus nervios con bromuro y luego los estimulaba con otra droga.
Pero al mismo tiempo, despreciaba el cuidado de su cuerpo y trabajaba escribiendo febrilmente. Envuelto en una capa y una bufanda- porque la estufa daba mucho humo y poco calor- con los dedos entumecidos y los lentes casi sobre el papel, escribía velozmente, durante horas, hasta arderle los ojos. Su cerebro se tomaba venganza con dolores enloquecedores y terribles neuritis. Para calmar su mente sobreexcitada, necesitaba somníferos en dosis cada vez mayores.

Los meses de otoño de 1888 fueron los últimos de su vida intelectual y, a la vez, los más exaltados. Sus obras finales las concluyó en diez a quince días, tres semanas a lo sumo. Martirizado por sus nervios hipersensibles, se lamentaba: “Una pistola, en este momento es para mí una idea consoladora…Según ciertos indicios creo cercano un ataque cerebral que me traerá la liberación”. Nadie se ha asomado con tanta osadía y calma al abismo de la locura como Nietzsche: “La intensidad de mis sentimientos me hace estremecer y reír”. Sus pensamientos vuelan peligrosamente. En su delirio, siente que ya no es él quien vive en su cuerpo. Otros seres incontrolables lo dominan. Sus últimos mensajes están firmados con nombres simbólicos como “El Monstruo”. >“El Crucificado”, “El Anticristo” o “Dionisios”. Sus nervios arden: “Ya no soy un hombre, soy dinamita”. Con su cerebro en llamas escribe terribles libelos. Ordena al emperador alemán que venga a Roma para ser ejecutado. Quiere encerrar a su país en una camisa de acero y las potencias europeas inicien una campaña militar contra Alemania.

Finalmente su mente explota sin remedio. En los últimos días de 1888 cae desvanecido en una calle de Turín y nunca se recupera del colapso.
Transeúntes desconocidos lo llevan a su habitación alquilada y durante días es incapaz de moverse ni de pronunciar alguna palabra. Más tarde, hundido en la psicosis, habla en soliloquios, canta y juega solo. Primero es internado en la clínica de Basilea y luego en manicomio de Jena. El psiquiatra Otto Binswanger diagnostica “parálisis atípica”, una condición relacionada con los síntomas de la sífilis en el sistema nervioso. Pero ese diagnóstico es motivo de polémica hasta hoy, porque el agente de la sífilis no fue descubierto sino hasta 1905…

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