martes, 13 de julio de 2010

Breve historia de la Salud Mental


Se ha confundido indefinidamente en Salud Mental las distintas disciplinas, las teorías, las prácticas.
Su desconocimiento lleva la mayoría de las veces a controversias, distorsiones, discusiones, y hasta enfrentamientos acérrimos, llevando a penosos desencuentros entre disciplinas que deberían nutrirse entre ellas desde su saber.
En verdad, considero que si pensásemos, y recorriéramos un poco su historia entenderíamos mejor las distintas posiciones.
No recuerdo haber escuchado a alguien preguntar desde cuándo se le da importancia a la Salud Mental, cualquiera diría que desde siempre tuvo un lugar de interés, igual que el cuerpo.
Sin embargo no fue así… y aún hoy en algunos países del mundo sigue siendo una preocupación que ocupa el segundo plano en las políticas de salud.
Ignorar aspectos intrínsicos de la Salud Mental es ignorar al ser humano.
Popularmente los dos conceptos: Salud Mental, es sinónimo de locura ¿será que los principios de su historia continúan siendo una impronta en el inconciente colectivo?
No me extraña que así sea.
Quizás un sintético recorrido nos proporcione una idea de sus avances hasta el día de hoy.
PRISIONEROS DE LA MENTE.









Luego que se dejaron de lado las posesiones demoníacas y las causas sobrenaturales como explicación de la enfermedad mental, los enfermos fueron vistos simplemente como antisociales peligrosos y sufrieron un triste destino, encerrados junto a vagabundos y criminales.


Durante un largo período, caracterizado por tiempos tempestuosos, las autoridades se preocuparon más por la seguridad pública que por la suerte de los ciudadanos particulares. El imperativo era, por entonces mantener el orden social, las personas que sufrían cualquier tipo de alteración psíquica eran encarcelados en una explosiva mezcla, compartiendo el mismo recinto con anormales, pervertidos, ladrones, delincuentes, y toda clase de enfermos incurables.

En los asilos y casas correccionales, convivían normalmente los alienados, epilépticos, y psicópatas con criminales y sujetos peligrosos para la sociedad.
Todos estaban sometidos a condiciones miserables y expuestas continuamente a castigos brutales. No era raro que los internos más inquietos pasaran años atados, esposados, amordazados o sujetos con cadenas, apenas vestidos, en celdas húmedas y oscuras.




Vicente de Paul, la primera persona en el siglo XVII que se interesó por mejorar el trato a los enfermos mentales y precursor de los grandes psiquiatras del siglo XIX, creó el Hospicio de San Lázaro inspirado en ideales avanzados. El establecimiento logró un buen nombre mientras el fundador, pero los continuadores de la obra no estuvieron a su altura. Muy pronto, los azotes se convirtieron en la especialidad de la casa. Los alienados eran azotados hasta sangrar cuando los dominaban sus delirantes fantasías, e incluso residentes sanos pero subordinados terminaban perdiendo la razón por los intensos castigos físicos.

Creyendo que los malos pensamientos y las acciones reprensibles eran contagiosos, se aislaba totalmente a los internos del resto del mundo. Pasaban encerrados día y noche, sin salir de su celda ni siquiera para hacer sus necesidades fisiológicas. Los más violentos y furiosos eran cargados de cadenas y atados como animales salvajes.
A Salpêtrière, el hospicio más grande de Europa, llagaban las alienadas que habían sido declaradas enfermas incurables. A menudo, se les ataba de manos y pies, con un gran anillo rodeándoles la cintura, y permanecían semidesnudas en medio de sus propios excrementos. Las epilépticas rugían y se debatían entre cadenas. En invierno, durante las crecidas del Sena, las celdas que estaban al nivel de las cloacas eran invadidas por ratas y a veces atacaban a las enfermas. En las visitas de las mañanas podían verse las mordeduras de los roedores en sus rostros o miembros.

El informe oficial de La Rochefoucauld- Liancorur, en 1790 describía patéticamente la situación: “Se mezclan todas las clases de locura. Las locas encadenadas, que suman un gran número, se mezclan con las locas pacificas: las que sufren accesos de rabia son vistas por las que se hallan en calma: el espectáculo de las contorsiones, del furor, los gritos y los alaridos perpetuos impedían toda forma de descanso a las que lo necesitan y convierten los accesos de esta horrible enfermedad, cosa frecuente, en más vivos, más crueles y más incurables”.

Según los registros más antiguos de Bicêntre, un hospicio-prisión que databa de la Edad Media y que llegó a tener una siniestra fama, convivían en una confusa mezcla epiléptica, irracional, ladrones, lisiados, sarnosos, deformes, enfermos venéreos, paralíticos, soldados inválidos y niños huérfanos. Sólo los alienados pacíficos tenían el privilegio de recibir ropas nuevas: los furiosos debían conformarse con los desechos de otros reclusos.
Muchos permanecían encadenados en sus celdas, cubiertos apenas con harapos, en medio de una terrible humedad.

La situación era semejante en las casas correccionales de toda Europa, sin diferenciar entre vagabundos, delincuentes pobres y locos. Un visitante de un hospicio en Inglaterra testimonió haber visto a hombres completamente desnudos, cubiertos de paja y soportando temperaturas de 16 grados bajo cero.

Una historia locamente real…

En Bedlam, el único establecimiento destinado especialmente a los enfermos mentales, idearon un ingenioso sistema para un paciente especialmente difícil, William Norris, un hombre que quedó registrado en al historia de la Psiquiatría.
El hombre estaba sujeto a una larga cadena que atravesaba el muro y que servía como una especie de traílla para perros. Desde el otro lado un guardia manejaba la cadena, tirándola o aflojándola a su gusto. El paciente tenía aún más limitados sus movimientos por un anillo fijo alrededor del cuello y unido por una cadena a una barra de hierro vertical desde el piso al techo.
En 1814, cuando una comisión especial nombrada por la Cámara de los Comunes visitó Bedlam, los investigadores pudieron constatar personalmente las lamentables condiciones de los internos. Vieron a hombres y mujeres casi desnudos, encadenados a muros por un brazo o una pierna. Uno de los casos más patéticos era Norris, entonces de 55 años y llevaba 14 años sujeto al sistema de cadenas ideados para inmovilizarlo. Aunque fue liberado, murió un año después.




Sin que la terapéutica para las enfermedades nerviosas hubiera avanzado mucho, las sangrías, baños termales y brebajes de yerbas conservaban aún toda su vigencia en los siglos XVII y XVIII

Un respetable tratado enfatizaba la eficacia del “almíbar real de manzanas” para curar “las pasiones melancólicas”. Entre la lista los males del espíritu se incluía también ciruelas, tamarindos, pasas, polipodios, borrajas y buglosa.
Las pociones médicas elaboradas con yerbas eran tan o más complicadas que las recetas de cocina una prescripción para el tratamiento de la melancolía consistía en una pócima con no menos de 27 ingredientes, incluyendo el clásico y preciado eléboro.
Las famosas pastillas de “bezoartick” tenían en su composición una gran variedad de sustancias extrañas y difíciles tenían en su composición una gran variedad de sustancias extrañas y difíciles de conseguir, como cráneo de ciervo y cráneo de hombre de buena salud muerto en el cadalso.
Pero el resultado era óptimo, según el comentario que acompañaba a la receta: “Habiéndose realizado con exactitud estas cosas curaron a un noble caballero”.

“El Mejor Método para el Tratamiento de los Lunáticos”. Un libro best seller en su época proclama los maravillosos efectos del “cleum ciphalium”, una composición de olor picante “aplicable a todas las clases de locura”.
Basándose en la idea de Galeano sobre los humores, aseguraba que el medicamento, aplicado en pleno acceso de furor, “nunca deja de aplacar la excitación de los espíritus animales”.

Entre los remedios vegetales, alcanzó gran fama el “láudano liquido de Sydenham”, una fórmula a base de opio, azafrán oriental, canela y clavos de alhelí, calentada al baño María durante tres días en vino de España. Se consideraban un remedio infalible para el furor y como antídoto para la acidez de los humores. Incluso a mediados del siglo XVIII, prescripciones de tres médicos de Montpellier y otros tres de París aconsejaban para las enfermedades nerviosas el uso de diuréticos, purgativos, tamarindos, almíbar de manzanas, áloes, eléboro blanco, leche de burra, además de sanguijuelas en el ano y sangrías en brazos, pies y yugular.

El mito de la panacea milagrosa y universal enfrentaba apasionadamente a detractores y partidarios del opio. Muy usado para toda clase de dolores de cabeza, algunos médicos señalaban que los preparados de opio, y de narcóticos en general, agudizaban las enfermedades mentales en lugar de reducirlas; en cambio, preferían calmantes como flores de ninfea o violetas. El uso del alcanfor, sólo o con opio, usado como calmante o narcótico, era rechazado por algunos y recomendado por otros.

En el Hospicio de San Lázaro se administraban generosamente narcóticos para tratar a los pacientes inquietos.
Un enfermo paranoico, aunque bastante sensato, relató después de haber permanecido un tiempo en San Lázaro: “…para calmarles, se les hace tomar brebajes que les dejan embrutecidos o les convierten en bestias. Otros internos pacíficos que tienen fiebre o que padecen alguna otra afección sin importancia son obligados a tomar medicinas parecidas y en poco tiempo se vuelven estúpidos y pierden enteramente la razón que, a menudo, jamás vuelven a recuperar”.

Además de las pociones para beber, había fórmulas de diversas sustancias para aplicarse exteriormente. “Frotar la cabeza muchas veces al día con vinagre en el que se hayan cocido hojas de hiedra bien machacadas”, recomendaba un autor, y agregaba a su método la aplicación de compresas de agua fría o, más violentamente, poner al paciente bajo una cascada por tanto tiempo como tuviera fuerzas para resistirlo.

La creencia en el efecto benéfico del agua para aliviar las perturbaciones mentales fue aplicada en muchas formas y modalidades terapéuticas. La gente escuchaba maravillada el caso de una persona maníaca que, luego de hacer un largo recorrido a pie, bajo una lluvia violenta, sin sombrero y con escasa ropa, recobró su normalidad casi instantáneamente. Nadie ponía en duda que una recuperación tan rápida y completa se debía al abundante golpe de agua fría, justo “cuando la sangre bullía, la bilis se agitaba y todos los líquidos amotinados repartían la irritación por todas partes”, explicaban los especialistas.

Las curas termales, una terapia de moda entre la gente de sociedad en el siglo XVIII, se prescribían para toda clase de enfermedades nerviosas.
Según las ideas del médico francés Pomme, los baños, termales eran beneficiosos para “humedecer las fibras resecas”. Pero, además de los aspectos médicos, la terapia encontraba fundamento en una antigua idea moral: purificación del alma por la inmersión que lava y renueva...